LAS RESPUESTAS QUE RECIBIMOS

LAS RESPUESTAS QUE RECIBIMOS

 

 

En mi opinión, casi todos padecemos el mismo problema cuando se trata de dar credibilidad a las respuestas que aparecen cuando nos hemos hecho una de esas preguntas importantes, profundas, trascendentes, y es que nos quedamos con la duda acerca de si es la respuesta perfecta o adecuada, o si hay que seguir esperando que aparezca la buena, o si la verdadera no va a aparecer nunca.

 

Desconfiamos de nosotros cuando se trata de respuestas a preguntas que son personales, o personalizadas –aunque sean las mismas preguntas que se hace todo el mundo-, porque todo aquello en lo que no tengamos un convencimiento claro nos deja la sensación de que no somos lo suficientemente sabios como para dar con la respuesta verdadera y que la que aportamos –la que escuchamos en nuestro interior- aparenta sonar bien, pero…

 

…Pero puede ser la primera que nos ha venido a la cabeza para despachar el asunto rápidamente y no comenzar una peregrinación por la mente tratando de encontrarnos con la que corresponde. Nos quedamos con la primera que aparece y así podemos pasar a otra cosa, pero…

 

…Pero la respuesta no termina de encajar del todo y bien, hay algo que rechina, algo que no permite quedarse con la sensación de plenitud y perfección. Falla algo. Parece que puede ser, pero…

 

…Pero no es. Las respuestas óptimas para los asuntos profundos, trascendentales, o espirituales, se encuentran al fondo. A veces, muy en el fondo. Y hay que darles tiempo para que se manifiesten, y hay que darse tiempo en una espera que no ha de ser desesperante sino paciente.

 

Las primeras respuestas –salvo que seamos auténticamente sabios y ejerzamos como tales- son de compromiso, impensadas, aparentes, copia de otras respuestas a otras preguntas, ajenas, blandas y someras, incluso inciertas.

 

Las respuestas auténticas esperan en el fondo. Para llegar a ellas se  requiere una actitud reflexiva, un silencio que permita a uno contactar con su interior, un estado de profundidad y de respeto hacia la pregunta que no es una pregunta de poca importancia, sino que es una pregunta que pide introspección, meditación, reflexión, abstracción, atención observadora y una pizca de amor.

 

No hay que tenerles miedo ni hay que tener desconfianza.

 

Todos sabemos más de lo que creemos saber, pero nos falta contactar con esa parte nuestra –menospreciada o desatendida- que es una sabiduría que no se basa en los conocimientos externos adquiridos sino en los internos con los que nacimos.

 

Conviene crear un estado de ánimo sereno, de ecuanimidad, de paz, de introspección y confianza y, sin presiones externas ni miedo ni desconfianza, entrar al silencio de nuestro interior, lejos de los ruidos del exterior, de las distracciones con las que nos alejamos del centro y de nosotros, y confiar… parar y creer en uno mismo y en el contacto con el Uno Mismo.

 

Eso nos permite llegar a donde de verdad está quien realmente uno es.

 

YO con mayúsculas. Sin miedo a mí. Sin dudas ni desconfianzas.

 

Las respuestas banales se esfuman sin dejar huella, pero cuando uno llega a la verdadera reacciona, siente algo distinto, hay algo que se manifiesta y confirma que esa sí es, sí, aporta paz, una sonrisa invisible, un suspiro, ya se ha llegado a ella, es lo que uno estaba buscando.

 

Y si no aparece el primer día, ni el segundo, hay que persistir.

 

Cualquier cosa menos rendirse, menos darse por perdido, menos aplazarlo indefinidamente y conformarse y consolarse con que uno no es muy listo y esas preguntas están hechas para los iluminados.

 

Tus respuestas están dentro de ti.

 

Las respuestas de los otros son de los otros, y tú has de buscar las tuyas.

 

Búscalas incansablemente.

 

Te dejo con tus reflexiones…

 

 

Francisco de Sales

 

“Oír o leer sin reflexionar es una tarea inútil”. (Confucio)

 

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