Las pérdidas silenciosas que desperdician el talento

Las pérdidas silenciosas que desperdician el talento

En educación, la crisis del sistema se configura por dos tipos de pérdidas. Una, la pérdida silenciosa e intangible de los procesos deficientes que terminan, después de un tiempo, en resultados cuestionables y adversos para la sociedad.

La otra pérdida es la estruendosa y explícita, generada por episodios coyunturales que interfieren el desarrollo de ciertas actividades, afectando su ejecución en lapsos breves.

Según esta distinción, surge que, por ejemplo, una cosa es el conflicto salarial docente y otra la crisis educativa. Si bien se condicionan mutuamente, hay que pensar que el primero es de resolución casi inmediata, dependiendo de la voluntad de las partes para hacerlo.

En cambio, la crisis educativa proviene y emerge de paradigmas, modelos de pensamientos y concepciones pedagógicas que tienen raigambres profundas, exigiendo precisión y acierto en el modo de analizar y afrontar la complejidad de los escenarios donde cada docente deberá actuar.

Por tal razón, podríamos decir que un conflicto salarial se soluciona a partir de números consensuados; pero la crisis educativa se resuelve con conocimientos y creatividad.

La crisis educativa argentina (que no es sólo salarial) se caracteriza por poner en evidencia una serie de pérdidas silenciosas e imperceptibles que terminan por desperdiciar el talento de los jóvenes.

Estas pérdidas, conocidas por todos desde hace tiempo, aún no se resolvieron con velocidad y criterio sistémico ni tampoco generaron urgencias ni preocupación social.

Si bien el conflicto salarial docente provocó pérdidas, no es equiparable a las pérdidas estructurales de un sistema que no educa ni gestiona debidamente aun con un prolijo cumplimiento del calendario escolar.

El lugar de la calidad educativa y de las grandes pérdidas

En realidad, los problemas más acuciantes de la educación se originan por la ausencia de políticas adecuadas. No obstante, y sin desdeñar la validez de las hipótesis y enfoques relacionados con el campo socio-económico, la crisis educativa actual podría caracterizarse por la vigencia de resultados que configuran una verdadera mala praxis pedagógica.

Por ausencia de estrategias, el propio docente carece de recursos, herramientas y metodologías adecuadas, siendo compulsivamente colocado (por vía fáctica) como gestor visible, y a la vez víctima, de prácticas deficientes.

Haciendo una fenomenología del lugar donde se gestan tanto la calidad como  las grandes pérdidas educativas, aparece con nitidez un elemento crucial: el trabajo áulico.

En ese momento se decide la calidad o la mala praxis. El aula es la usina que genera conocimientos y promueve mayor lucidez a la inteligencia en formación.

Imaginando un escenario con docentes altamente remunerados (como corresponde que así sea, teniendo en cuenta la envergadura y relevancia social de la profesión), el aula emerge como unidad neurálgica que rige y define la calidad educativa.

En ese espacio se decide, desde sus matices más sutiles, la formación de los jóvenes. Allí, cada estudiante advierte sus potencialidades, sus oportunidades para mejorar y su capacidad para relacionarse sin quedar ensimismado en aislamientos confusos.

Dicho ámbito cobra vitalidad si media un proceso creativo, capaz de generar espacios y momentos de elevación del intelecto y la sensibilidad.

Esta condición no se adscribe en modo alguno al campo de la información o del contenido a transmitir. Requiere mucho más que esto. Un profesional de la educación lo es en virtud de conocer el contenido que enseña y, esencialmente, de enseñar a pensar y a sentir dicho contenido.

Ello permitirá convertir la tarea del aula en un centro de aprendizaje colaborativo, de intercambio y de construcción solidaria de los conocimientos. Ésta es la condición de un grupo de aprendizaje evolutivo.

Dicha tarea de alto refinamiento y artesanía viene impuesta por la inteligencia y la sensibilidad de quien aprende. Cuando ninguna de estas condiciones está presente, el trabajo áulico queda reducido a manipulación mecánica de informaciones.

Toda información sin vida y carente de experimentación implica un contenido desvitalizado que inmoviliza la mente en una imagen estática e inercial y condiciona la capacidad constructiva del entendimiento.

Así, la apelación a la memorización mecánica de los contenidos se convierte en el trabajo forzado de la mente y esclaviza al sujeto al determinismo de un saber consumido pasivamente.

Aula parasitaria y mala praxis

Utilizando una metáfora por la vía de la ironía y del absurdo, el trabajo forzado de la mente define al aula parasitaria como lugar de desperdicio.

Diríamos que es un lugar iatrogénico y de mala praxis que conlleva el desperdicio del talento y de las capacidades ínsitas en la vida de quien anhela ser más y mejor a través del conocimiento.

En tal sentido, cabría decir que el aula parasitaria es un lugar de dependencia que hace madurar el intelecto en una “maceta”, en lugar de hacerlo en la tierra fértil de la comprobación y en el amplio campo de hipótesis relacionadas con la vida y sus diferentes manifestaciones.

El aula parasitaria difiere del aula creativa porque en la primera hay repetición de información y, en la segunda, construcción de conocimientos, por lo que resulta, respectivamente, que a una le interesa controlar lo que aprende el alumno y a la otra, verificar cómo aprende.

Por eso, el aula parasitaria se doblega ante el mito del orden aparente uniformando las mentes, mientras que en el aula creativa se disfruta un dinamismo creativo y productivo que compromete las iniciativas individuales y de conjunto.

En ese ámbito de dinamismo creativo se construye la calidad educativa pero, lamentablemente, a veces se ve perturbado por conflictos estruendosos.

Al respecto, estamos asistiendo a la paradoja inexplicable de que los resultados de la evaluación PISA quedaron acallados por cuestiones de índole coyuntural.

Por eso, al efecto distractor que muchas veces aparece ante tales cuestiones, habría que anteponer cuanto antes la modernización del sistema de formación docente.

Sin dejar de prever la mejor remuneración posible y las mejores condiciones técnico-administrativas para desempeñar con holgura y autonomía la función creativa de enseñar, tal decisión podrá asegurar en cada encuentro áulico el ejercicio y vigencia de instantes de aprendizaje creativo, de intuición, reflexión y sensibilidad como condiciones inexcusables para el acceso a sólidos conocimientos y comprensiones.

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