El consumo compulsivo de imágenes

  • Posted on: 8 November 2015
  • By: Cognitio
Las victimas del consumo compulsivo de imágenes

Si bien el ser humano es un continuo creador de imágenes y convive con ellas a lo largo de su vida, es necesario aprender a utilizarlas, interpretarlas y dominarlas para que no terminen por manejar la vida psíquica y emocional del sujeto. El caso conocido es cuando la mente del celoso está invadida y sometida por imágenes de desconfianza y de sospecha, al punto de conducirlo a desaciertos y, muchas veces, a graves errores por no haber aprendido a controlarlas ni dominarlas.

Y cuando la proliferación y la reproducción indiscriminada de imágenes invaden de manera continua las mentes y la sensibilidad de los niños y jóvenes, se incentivan impulsos que incitan al ejercicio de una sexualidad prematura, a la violencia, al consumo compulsivo, al descontrol y a la búsqueda del éxito y la frivolidad.

De esta manera, los jóvenes quedan a expensas de ser victimas de una vida fácil y alienada. De allí, la necesidad de ayudarlos y educarlos con acierto, a fin de promover en ellos un proceso formativo de manera favorable y motivadora. Para ello, el principio pedagógico básico que debe regir el crecimiento y desarrollo infanto-juvenil es la gradualidad del proceso formativo mediante el respeto de los tiempos de maduración mental y emocional.

Por eso, ese proceso de gradualidad (al modo como el agricultor cuida la semilla o el huevo que en algún momento se transformarán en planta o ave), no debe violentar la mente ni la sensibilidad del niño y adolescente ni promover estímulos no acordes con sus capacidades de comprensión. De lo contrario, la educación no podrá lograr el equilibrio emocional y afectivo que permita lograr un nivel de mejora y superación personal.

La agitación de la vida cotidiana y la aceleración con la que el adulto vive habitualmente no permanecen indiferentes ni inofensivas para los jóvenes. Tener que presenciar una vida adulta que muchas veces carece de ejemplaridad y de serenidad para vivir, seguramente afectará a cualquier niño o joven que carecen de las defensas mentales y de los conocimientos que les ayuden a encarar su propia superación.

Es así cómo la avalancha de imágenes que responde a ese contexto, termina por llenar un vacío insoportable para quienes todavía no accedieron a la etapa de maduración y comprensión de sí mismos. El culto prematuro del cuerpo y el consumo compulsivo de una apariencia seductora que solamente se propone agradar, incrementan aún más la inmadurez y las perturbaciones de la psiquis y emociones de los jóvenes.

Además, se observa que muchas veces el niño y adolescente se ven envueltos en una aceleración artificial de los tiempos que los mismos adultos les imponen para apresurar un proceso de maduración y vivir etapas no compatibles con la edad de los mismos. Es así como muchos padres y educadores inexpertos justifican el vale todo o, en el caso extremo, instalan el temor como un dique de contención ilusorio que actuará como una fuerza represora de dudoso beneficio.

Desde el momento en que los jóvenes carecen de convicción y orientación respecto de la conducta a seguir, sobrevienen una compulsión y un desborde que no pueden contenerse de manera autónoma y equilibrada. Sólo una educación de la mente y de la sensibilidad les ayudará a dominar  de manera más consciente los arrebatos de imágenes ambientales influenciadas por una cultura consumista, hedonista e hipersexualizada con la que se tendrán que vincular inevitablemente, con el riesgo de afectar el equilibrio emocional de los mismos.

Dado que el desconcierto de los padres y educadores oscila entre los extremos del temor y del vale todo, se descuida la educación de la sensibilidad y se potencian con desmesura los impulsos instintivos. Ello, al punto de desencadenar comportamientos con un trasfondo exacerbado por la confusión, la incomprensión y el aislamiento que suelen padecer los jóvenes cuando los adultos no reúnen capacidad ni compromiso para formar ni orientar.

La confusión e ignorancia de todo este proceso madurativo y la falta de tacto para ayudar a lograr cierto equilibrio emocional, vienen a ser las verdaderas causas de los fenómenos de adicciones que, de manera diferente, afectan el mundo de los jóvenes. Por eso, la educación familiar y escolar debe promover un equilibrio emocional cimentado en la confianza en sí mismos a fin de que los jóvenes no se conviertan en consumidores pasivos de una vida regida por la apariencia y la extravagancia llamativa de las imágenes.

La convergencia entre la aceleración e invasión de imágenes distractoras y la crisis de los mayores frente a los valores que deben cimentar todo proceso de realización personal, terminan por actuar como caldo de cultivo de una cultura ambiental regida por modelos poco formativos y despersonalizantes.

 

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