Las heridas del pasado

Las heridas del pasado

Quienes sienten haber sufrido algunas heridas emocionales, probablemente experimenten la debilidad del desconsuelo y de una angustia que opaca y ensombrece los momentos del día de manera casi persistente.

El desconsuelo es una suerte de marca mental que dejan las imágenes provenientes de vivencias que nos hicieron sufrir y provocaron algún dolor. Esa imagen sufriente puede provenir de muchas fuentes y su intensidad varía en cada individuo y circunstancia.

De allí que lo que para algunos fue una vivencia muy adversa, para otros la misma situación no representa más que una molestia que no les dejó las secuelas del resentimiento y del desconsuelo.

El desconsuelo es un estado emocional vinculado con la debilidad y la vulnerabilidad propia de cada persona. Obviamente, depende de la gravedad de la vivencia y se transforma en desolación, desgano, apatía o tristeza según la intensidad del episodio y la capacidad de resistencia del sujeto.

Por eso, la persistencia del desconsuelo se comporta como una herida mental y emocional cuyo alivio dependerá de dicha capacidad de resistencia y que es propia de cada individuo.

Pero esta capacidad de “mantenerse entero” e íntegro ante los problemas, obstáculos y frustraciones, se comporta de manera diferente según lo que cada uno pueda llegar a percibir y a valorar de sí mismo.

Como toda capacidad, la capacidad de resistencia se adquiere durante el trayecto de la vida y se logra muchas veces a través de las experiencias adversas, a excepción de aquellos que pueden aprender de las experiencias ajenas y obtener así recursos mentales y emocionales de fortalecimiento interno.

Todo va a depender del aprendizaje que se va logrando durante la vida cuando suceden  episodios no previstos y violentos o se sufren problemas irreversibles que no tienen solución.

Muchas personas quedan atadas a penas que no logran comprender ni entender. Sufren  una tristeza que los inmoviliza o desmotiva sin entender los motivos reales. Otros, en cambio, sufren irritabilidad, descontento, mal humor, cansancio, malestar o desgano.

Pero ese estado mental tiene la característica de lo incomprensible, de modo que el sujeto vive un estado de dolor que surge de no comprender por qué está viviendo de esa manera.

Así, independientemente de ser exagerada o no dicha situación, el individuo entra en un estado que lo aísla por la pérdida de interés y de entusiasmo frente al futuro. Incluso, muchos dejan de advertir las oportunidades que tienen cerca, dado que la tristeza oprime el corazón y la mente quitando vigor e impidiendo ver con lucidez.

Podemos ir a trabajar y establecer relaciones más o menos aceptables, pero sentimos que algo nos falta, que en nuestro interior hay cierta penumbra, apatía o cansancio.

No solo nos cuesta tomar decisiones, sino que también sufrimos la pérdida de la esperanza y quedamos sin energías para encarar nuevos proyectos. Ello se origina por la pérdida de la confianza en nosotros mismos y por ignorar nuestras capacidades.

Por eso, ante el riesgo de desvalorizar la propia imagen y de caer en el lamento y la queja crónica, es necesario tomar la decisión de salir de la pasividad.

Esto es posible hacerlo a través de prácticas cotidianas simples que nos abrirán la mente para poder lograr comprensiones que nos aclaren e iluminen para ir haciendo desaparecer de nuestra vida la oscuridad del sufrimiento.

Un repertorio sencillo y posible de tales prácticas que cada uno podrá auto-administrar según sus fuerzas y necesidades, podría incluir algunas actividades tales como:

-  Tratar de realizar actividades que generen bienestar.

-  Poner al día algo que tenemos postergado.

-  Hacer lo posible para relacionarnos, tratando de hablar con alguien sobre “bueyes perdidos”.

-  Hacer bromas y chistes y sonreír sin artificios.

-  Hacer ejercicio físico, caminar y salir por un momento de nuestro hábitat.

-  Escuchar música, movernos y disfrutar la comida conscientemente.

Estas prácticas sencillas nos permitirán ir aceptando y comprendiendo nuestra vida y detectar los pensamientos que generan las emociones que estamos tratando de superar.

Sobre todo, nos ayudarán a tener un nuevo estado mental para poder sentir que es mucho mejor crear y pensar las soluciones que estar sufriendo los problemas.

De esta manera, progresivamente aprenderemos a evaluar cualquier situación que se nos presente para aprender de la misma y convertirla en una verdadera y genuina aliada.

Un axioma logosófico quizás sintetice lo expuesto: “Cuando la comprensión, que es luz, penetra en la esfera mental, el sufrimiento, que es sombra, desaparece”  

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